Don Winslow, El poder del perro, Debolsillo, y James Ellroy, Perfidia, Random House

poder perroEl verano es tiempo propicio para los excesos, y he aprovechado para darme un atracón de lectura con dos thrillers maravillosos: El poder del perro y Perfidia. En total, mil quinientas páginas de entretenimiento.

El poder del perro es la segunda novela de Don Winslow que leo (ya comenté aquí La muerte y vida de Bobby Z). Se trata de una novela de acción que gira en torno a la mafia, el narcotráfico, la corrupción política y la lucha de la DEA norteamericana en Colombia, México y Honduras.

Me ha sorprendido la traducción, porque parece hecha por un mejicano, con tanto “pinche”, tanto “güero” y tanto “pendejo”. Sin embargo, el traductor es Eduardo G. Murillo, profesional de largo recorrido, que ya tradujo Bobby Z, y lo hizo muy bien. Imagino que la explicación se encuentra en que la editorial, Penguin Random House, ha hecho una traducción única para todo el mundo, según se deduce del aviso de copyright. El uso de términos del español usado en México en un texto en castellano no impide que se entienda perfectamente el relato, pero resulta algo extraño y tal vez hubiera preferido leer el libro en su inglés original.

La trama utiliza hechos y personajes reales, pero que nadie espere un enfoque especialmente riguroso del fenómeno del narcotráfico, de sus ramificaciones políticas o del papel de la guerrilla: no estamos ante una obra académica, sino ante una novela de ficción que cumple muy bien su misión de entretener. En el mismo sentido, cabe decir que los muchos personajes están dibujados con trazo grueso, sin demasiados matices: la prostituta generosa, el cura valiente, el policía heroico… Los buenos son muy buenos y los malos, malos de verdad. En cualquier caso, es una de esas novelas que invita a tener un rato libre para continuarla.

perfidiaLo mismo puede decirse de Perfidia, porque también exige una lectura sin pausa desde sus primeras páginas. Hasta ahora no había leído nada de James Ellroy, pero la convincente recomendación de mi prescriptor habitual, Jacobo Merino, lo ha remediado.

Perfidia es el primer volumen del Segundo Cuarteto de Los Ángeles, parte de una saga que se inició con novelas como La Dalia Negra o Los Angeles Confidential, clásicos del cine negro llevados al cine con gran éxito.

Perfidia me ha sorprendido por su estilo narrativo, que transita del realismo más descarnado al realismo mágico, con momentos puramente oníricos como los que protagoniza Dudley Smith en el fumadero de opio. Personaje, por cierto, que siendo brutal, resulta hipnótico. Como Hideo Ashida, Whisky Bill Parker o el resto de los numerosos personajes que aparecen en la novela, hasta un total de 97. El autor muestra su buen oficio al conseguir que el lector no se pierda entre tanto nombre. Por cierto, varios de ellos son auténticos personajes de la vida real, como Bette Davis, Serguéi Rachmaninov, “Bugsy” Siegel, Fiorello La Guardia o Gloria Swanson.

La electrizante trama discurre en el Los Ángeles de 1941, en los pocos días que siguen al ataque de Pearl Harbor y la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

En definitiva, dos novelas muy entretenidas y recomendables que no van a pasar de moda y que no debes dejar de leer.

 

Un buen profesor

Al profesor Antonio Remiro Brotóns, con motivo de su jubilación.

Estudio

Fotografía tomada con una Yashica LM (1956-61)

Querido profesor,

Tengo una vieja deuda con usted, y ha llegado la hora de saldarla. No lo he hecho antes por timidez, y sin embargo la voy a pagar ahora en público, porque vale la pena decir las cosas aunque sea con años de retraso.

No es posible que usted se acuerde de mí, porque ha pasado mucho tiempo, pero fui su alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid allá por 1983 o 1984.

Yo tuve en la carrera cuatro o cinco profesores extraordinarios, y otros cuatro o cinco extraordinariamente malos. El resto pasó por mi vida sin pena ni gloria, pues apenas guardo recuerdo ni de ellos ni de lo que me enseñaron. Pero de todos ellos, usted tuvo la mayor influencia. Conocerle a usted marcó mi vida profesional de una forma que entonces no podía imaginar.

A priori, el Derecho Internacional Público no despertaba en mí el menor interés. Compré su manual en la librería el primer día de clase, pero al hojearlo no vi nada que llamara mi atención. Sin embargo, sus clases me impactaron desde el primer día. Usted nos hablaba en un tono pausado, se esforzaba en que siguiéramos sus explicaciones, y no dejaba de mirarnos a los ojos. Estaba subido en una tarima pero conseguía ser un profesor cercano. Recuerdo haber reído a carcajadas el día que nos explicó la errática policial exterior de Albania. No volví a faltar a sus clases, en la esperanza de que nos volviese a hablar del caso albanés.

Yo era entonces un joven desnortado, un tanto asustado ante el futuro que me esperaba, pues todavía no había decidido qué camino tomar. Y le visité a usted para que me orientara. Era la primera vez que pedía cita a un profesor, y me pude aún más nervioso cuando me dijeron que era usted el Decano de la Facultad. Cuando entré en su despacho, tenía usted las luces apagadas, y la estancia estaba iluminada por la luz tenue que entraba por el ventanal. Usted musitó una disculpa, y explicó que la luz le molestaba en los ojos. Es curioso, pero yo sigo haciendo esto mismo con mis alumnos.

Porque no se lo he dicho aún, pero soy profesor universitario. Y se lo debo en parte a usted, porque en aquella entrevista usted me recomendó que siguiera mis inclinaciones, que hiciera lo que más me gustara en la vida. Yo tardé años en encontrar mi vocación: trabajé unos años en la empresa privada, en multinacionales, ejercí la abogacía y, unos diez años después de esta entrevista, di mi primera clase en la Complutense por la más insólita de las casualidades. Y decidí sin duda que mi destino estaba en la enseñanza.

Me he acordado de usted a menudo: he procurado ser ameno en clase y he intentado tratar a mis alumnos con cortesía y afabilidad, incluso a los que no me inspiraban simpatía. El buen humor ha hecho mis clases más placenteras, y el buen trato con los demás ha facilitado mi vida en la Universidad. Esto es lo que le debo.

Hace años que confío encontrarme con usted en algún acto académico, en algún foro, al fin y al cabo Madrid no es tan grande, pero no hubo ocasión. Hasta que hace poco me comentaron que usted se ha jubilado este año, y pensé que no iba a esperar más. No podía guardarme esto que le digo ahora: gracias por ser un buen profesor.

Guerra a los apuntes (y batalla perdida)

apuntesEl primer día de clase encuentro a mis alumnos sentados en sus pupitres, provistos de papel, bolígrafo, cuadernos, ordenadores, tabletas o cualquier otro material, dispuestos a a escribir atentamente cualquier cosa que yo les diga. Y una de las primeras que les digo es que en mi clase no se toman apuntes, que se relajen, que se dediquen a escuchar y a entender y que, si es necesario que escriban algo, se lo señalaré en el momento oportuno. ¿Y qué hacen ellos? Pues escriben de la manera más literal posible lo que acabo de decirles, desatendiendo la primera de las recomendaciones que les he hecho. Sigue leyendo

¿Para qué sirven mis estudios?

IMG_0028Soy profesor de Universidad, pero también colaboro en la medida de mis posibilidades en tareas de dirección académica: elaboración de planes de estudio, creación de nuevas titulaciones, tareas de coordinación académica… Así que puedo decir sin falsa modestia que tengo algo de experiencia en las demandas educativas de nuestros estudiantes universitarios y en cómo han de satisfacerse sus necesidades.

Y en las últimas semanas oigo esta pregunta: ¿Para qué sirven mis estudios? La oigo, en especial, de mis alumnos del Grado en Criminología. A menudo, quienes formulan esta pregunta están en realidad expresando una queja: “estos estudios no sirven para nada”. En ocasiones, son los propios profesores quienes les dicen “cambiad de carrera, estos estudios no sirven para nada”.

Todos tienen razón, y todos están equivocados. Sigue leyendo

El valor de la inteligencia emocional en la educación superior

IMG_1692Acabo de recibir un correo electrónico de una alumna dando las gracias por el curso. Su carta es tan afectuosa que aún no he sabido qué contestar. Esto pasa de vez en cuando; un par de veces al año, alumnos que ya han superado la asignatura sienten la necesidad de decirme que han aprendido mucho, que se han divertido en mis clases, que siga con la misma metodología que les hace más digerible una asignatura tan árida. Y a mí me parece fenomenal. En primer lugar, porque halaga mi vanidad (aunque no tenga mucha). Y además, porque es un regalo; una vez aprobados, no tendrían por qué hacerlo.

Esto me hace reflexionar sobre mi relación con los alumnos. En 20 años que llevo en la universidad he tenido no menos de 5.000 alumnos. Salvo a una treintena, al resto no les he vuelto a ver. Sin embargo, he intentado ser afectuoso con todos ellos. Afectuoso en el sentido de amable. He procurado ser siempre educado y respetuoso con ellos, aunque no estuviera de humor. Les he llamado de usted en clase, les he dedicado tiempo en tutorías, muchas veces para escuchar sus problemas personales, y cuando he podido les he hecho un favor. Como además no suspendo mucho, es posible que me haya ganado fama de ser un profesor “fácil”, cosa que me trae sin cuidado, porque creo firmemente que actuar de esta manera les ayuda a entender mejor mi asignatura que, como he dicho, puede parecer árida en una primera aproximación. Ni siquiera los abogados quieren demasiado trato con el Derecho Administrativo, pues los generalistas se sienten más cómodos con otras ramas del Derecho y suelen derivar los asuntos administrativos a los especialistas.

Todo esto viene a cuento de la importancia de la inteligencia emocional en el proceso educativo, tanto desde el lado del docente como del alumno. Como dice una compañera mía el primer día de clase, “no estamos aquí para ser amigos”, pero sí para llevarnos bien. Explico a mis alumnos el primer día que somos colaboradores, no enemigos. Les pido que se comuniquen conmigo con normalidad. Que se comuniquen. Que no sean pasivos, que participen en clase, que pregunten lo que no entienden. Si hay un muro entre profesor y alumnos, aquél se convierte en un enemigo, y la asignatura en tierra hostil que va a ser imposible conquistar.

La amabilidad genera amabilidad. El ambiente en mis clases suele ser positivo y relajado, salvo excepciones. La inteligencia emocional consiste en entender que el proceso educativo se potencia con un adecuado entendimiento de las emociones. La asertividad y la empatía son técnicas fundamentales. Y las llamo técnicas porque se pueden desarrollar; son competencias que se aprenden y se mejoran con la práctica. Yo no me comporto así con mis alumnos porque sea mi carácter; yo actúo así porque a lo largo de los años he ensayado esta forma de actuar, porque me he dado cuenta de que es mejor así. La asertividad es útil porque permite decir lo que uno quiere superando las inseguridades personales. De esta manera, puedes amonestar a un alumno en clase cuando es necesario, pero sin la menor agresividad. La empatía es también valiosa, porque ponerse en el lugar del alumno ayuda a entender y anticipar sus reacciones, por negativas que sean. Yo no olvido mi experiencia como alumno universitario y la aprovecho a menudo con mis estudiantes.

Y sobre todo, actuar en el aula con un espíritu relajado hace mi vida mucho más agradable.

Ahora dejo de escribir aquí, que tengo que dar las gracias a alguien.

Alumnos discapacitados en las aulas

IMG_1962En las últimas décadas, las personas con discapacidad han ganado visibilidad en nuestras vidas. En la sociedad española de la segunda mitad del siglo XX, las discapacidades no eran especialmente visibles, sobre todo las psíquicas. Por ejemplo, no era fácil ver niños con síndrome de Down, porque no se escolarizaban. Hoy se integran en las escuelas con los demás niños, sin mayores problemas. Además, los avances en ortopedia, materiales y asistencias a la movilidad también dan mayor visibilidad a las personas con discapacidades motoras.

Vaya por delante que no soy ningún experto en materia de discapacidad. Que me perdonen los entendidos si cometo algún error, porque lo que cuento aquí es sólo fruto de mi experiencia.

Lo que sí parece cierto es que los discapacitados han pasado de ser “diferentes” a ser iguales al resto de ciudadanos en derechos y deberes. El cambio fundamental reside en que los “diferentes” causan el rechazo de la sociedad; haber liberado a los discapacitados de esa injusta etiqueta es sin duda un avance.

Fijaos con qué términos tan despectivos se les llamaba en el Boletín Oficial del Estado: minusválidos y subnormales. La palabra minusválido, que significa “valer menos” apareció publicada por última vez en una Ley de 2006 referida al IVA. Un Real Decreto de 1981 se refería al “reconocimiento, declaración y calificación de la condiciones de subnormal y minusválido”. Afortunadamente, tal lenguaje ha desaparecido de nuestra legislación, sustituido por el término “discapacidad”, que define mucho mejor el fenómeno: discapacidad significa “capacidad distinta”.

Viene todo esto a cuento de los casos que encuentro en las aulas. Llegan ahora a la universidad personas con discapacidades motoras que antes no se matriculaban. La eliminación de barreras arquitectónicas ha sido sin duda imprescindible para que esto sea así. Pero también se matriculan personas con las más variadas discapacidades psíquicas. Suponen un reto para los profesores, que no sabemos cómo tratarlos. Por fortuna, tenemos en nuestra Universidad una fenomenal Unidad de Apoyo al Discapacitado que nos asiste cuando es necesario.

El otro día examiné de forma oral a un alumno que se desplaza en silla de ruedas porque me dijo que tenía mala letra. Al terminar le dije que su examen no era bueno, pero que estaba aprobado. Me preguntó: ¿Por qué, por discriminación positiva? Le dije que en absoluto, que había asistido a clase, había participado, había hecho las prácticas y el resultado de la evaluación continua era positivo. Pero me insistió: “no he hecho el examen bien del todo y no he participado mucho en clase, si quiere me examino en la recuperación”. Y entonces lo entendí; el tipo estaba harto de que le aprobaran por pena. No tenía la sensación de estar aprobando por sus méritos, sino por su silla de ruedas. Y le dije: “Tú tienes una discapacidad motora, no psíquica, ¿verdad?”. Y me contestó: “Sólo motora, pero no todos se lo creen”. Qué pena, ¿en serio hay gente que ve a un chico universitario en silla de ruedas y piensa que es inferior a los demás? Le conté una frase que dice mi tía Lucy a menudo: “Soy ciega, no tonta”. Le expliqué que, en su caso, la discriminación positiva es pagar menos matrícula que sus compañeros, porque él tiene más gastos médicos, la fisioterapia y la silla de ruedas. Pero la discriminación positiva no alcanza a la evaluación, que es igual para todos.

En mi experiencia, los discapacitados se enriquecen intelectualmente en la Universidad, y crecen como personas y ciudadanos, igual que el resto. Pero además enriquecen a sus compañeros. Suelen establecer relaciones estupendas con el resto y se ayudan mutuamente a superar las asignaturas.

Más que las discapacidades visibles, a mí me preocupan las invisibles, las que pasan desapercibidas pero hacen sufrir a personas tan jóvenes: ansiedad, depresiones, relaciones tóxicas. ¿Cuántos de nuestros alumnos sufren sin diagnóstico y sin ayuda?

6 razones para olvidar la fotografía analógica (ironía)

Después de mi vuelta a la fotografía analógica hace ahora un par de años, ha llegado la hora de hacer balance. Y no es muy positivo, porque se me ocurren al menos 6 razones para olvidarla. Aquí van:

 

Razón 1: La fotografía química es elitista

La fotografía analógica sólo puede atraer a unos pocos chapados a la antigua, hipsters, disconformes con el mundo digital, tecnófobos, frikis. Gente que en definitiva no se ha sabido adaptar al mundo actual, a lo moderno, a las ventajas que proporciona la tecnología punta. ¿Quién en su sano juicio querría hacer fotos con un trasto como el de la fotografía 1?

Foto 1: Trasto de antes de la 2ª Guerra Mundial

 

Razón 2: No ves la foto en el momento

Te tienes que esperar hasta el revelado.

No sabrás durante días, semanas o meses si la fotografía salió bien o mal. Es probable es que salgan mal las que pensaste que estaban bien. Si la cámara tiene un problema, te enterarás cuando sea demasiado tarde. Mira las fotos que hace mi Mamiya 645 cuando se le acaba la pila (fotografía 2).

Agotada la pila, el obturador no cierra :D

Foto 2: Agotada la pila de la Mamiya, el obturador no cierra (y no te enteras)

 

Razón 3: Los productos químicos caducan

Mira mi último procesado con revelador caducado: 3 carretes con fotogramas negros como el carbón (fotografía 3).

Foto 3: Tres carretes a la basura porque el revelador estaba caducado :D

Foto 3: Las fotos de mis vacaciones de Navidad

 

Razón 4: Los trastos viejos fallan

Los fotómetros antiguos dejan de estar bien calibrados, normalmente porque ya no se encuentran pilas con el voltaje original (eran tóxicas). Si el fotómetro no funciona bien, obtienes retratos tan bien iluminados como el de la fotografía 4.

Foto 4: Hija mía, esta eras tú de pequeña

Foto 4: Hija mía, esta eras tú de pequeña

 

Razón 5: La película es frágil

La película es muy delicada; hay que tratarla con mucho cuidado porque se araña. Además, el polvo es un incordio. Y la película también caduca y coge hongos, como los de la foto 5.

Foto 5: ¿Eso de la pared son hongos?

Foto 5: ¿Eso de la pared son hongos?

 

Razón 6: No puedes hacer muchas fotos

Un carrete para la cámara de arriba sirve para 12 fotos, ni una más. La película y los líquidos de revelado no se venden en cualquier supermercado; tienes que buscarlos.

Como es natural, te quedas sin película cuando no has acabado de hacer las fotos, y cuando vas a revelar siempre te falta algún líquido.

Si te encuentras con una nave extraterrestre, en ese mismo momento se te acabarán las pilas y no disparará el flash.

Eso sí: el equipo dura hasta que te aburres. No tienes el aliciente de cambiar de cámara a menudo, porque esas malditas cámaras siguen funcionando 50 años después.

¿Quién me mandaría a mí volver a la fotografía analógica?