¿Blanco y negro o color?

Creo que he contado ya en este blog que me reúno a menudo con un grupo de fotógrafos y de otras gentes relacionadas con la fotografía. Comemos juntos con cierta regularidad y nuestras conversaciones giran invariablemente en torno a la fotografía. Tenemos fijeza por unos pocos temas que nunca nos aburren, aunque harían bostezar a cualquier otro: discutimos si la fotografía analógica tenía alguna ventaja sobre la digital, qué rendimiento ofrece la última cámara que acaba de salir al mercado, qué objetivo es mejor para hacer fotografías de grupo, o si vale la pena cambiar de tamaño de sensor. En definitiva, nuestras tertulias giran en torno a cuestiones que no tienen solución posible, ni más utilidad que la de hacernos pasar un buen rato. Sirve esta introducción para decir que uno de los temas frecuentes de conversación entre fotógrafos es el que se refiere a las diferencias entre la fotografía en blanco y negro y la fotografía en color.

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Fotografía 1: Antoni Mikolajczyk, Dibujo de luz, 1980

En primer lugar, cabría decir que la denominación de “blanco y negro” no se ajusta a la realidad, porque cuando decimos “blanco y negro” nos referimos en realidad a una escala de grises. De hecho, he buscado una fotografía en puro blanco y negro en el libro “La fotografía des siglo XX”, editado por Taschen. y lo más parecido que he encontrado en 760 páginas es una obra de Antoni Mikolajczyk (fotografía 1). Por tanto, el blanco y negro puro es una rareza (si es que el blanco puro y el negro puro existen, que es otra cuestión). Lo que conocemos como blanco y negro es en realidad fotografía de grises.

También es un error común considerar que la fotografía antigua era en blanco y negro, y que el color se inventó a mediados del siglo XX. Los procesos fotográficos más antiguos ofrecen resultados monocromáticos, pero no sólo en la escala de los grises, sino también en bronces, verdes sepias o tornasolados (ver fotografía 2).

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Fotografía 2: Alfredo Truan, Plantilla de obreros y empresarios en una fábrica de vidrio, Gijón, hacia 1890 (de la colección de Luis Veretera Truan)

Además hay que tener en cuenta la práctica de colorear las fotografías, que puede encontrarse ya a mediados del siglo XIX, principalmente en retratos. Retratistas, pintores reconvertidos y miniaturistas se ocupaban de colorear -“iluminar”, en el argot- sus fotografías de estudio. Como es natural, estas obras de arte estaban sólo al alcance de los más pudientes (la fotografía 3 es un ejemplo de esta práctica).

Portrait of young man in red shirt, smoking a clay pipe, ca. 1850

Fotografía 3: Anónimo, Retrato de un joven con camisa roja fumando en pipa de arcilla, hacia 1850 (de la colección George Eastman House)

Desde un punto de vista técnico, sería por tanto más adecuada la denominación “fotografía monocromática”, pues cuando usamos el término “blanco y negro” nos referimos en realidad a la fotografía hecha en las diferentes intensidades de un único color.

Divagaciones aparte, volvamos a la cuestión que da título a esta entrada: ¿hay razones para preferir el blanco y negro al color? Y la respuesta es: depende. Depende del resultado que busques, depende de tu gusto personal y del tema que estés trabajando.

En muchas ocasiones, el color es imprescindible. Si quieres fotografiar un paisaje al atardecer, es muy posible que elijas mostrar los tonos dorados de la última luz del día. Si lo que pretendes es hacer fotografía gastronómica y hacer que un plato parezca apetitoso, no te queda otra que hacer color. Si quieres hacer fotografía astronómica, tomarás la fotografía en blanco y negro y luego tendrás que colorearla.

La fotografía en color ha alcanzado un gran desarrollo técnico, y la reproducción de los colores es hoy bastante exacta. ¿Por qué razón no ha caído en desuso el blanco y negro? Principalmente, por el valor que tiene como herramienta de expresión artística.

He leído en alguna ocasión que los bebés recién nacidos ven en blanco y negro, pues no perciben los colores. Dudo que esto sea cierto, pero evoca la idea de que la visión en blanco y negro es de algún modo más primitiva, en un sentido emocional, que la fotografía en color. Esta última transmite más información sobre el objeto fotografiado, mientras que el blanco y negro deja más espacio a la imaginación del espectador. El blanco y negro dice menos sobre el objeto fotografiado, pero a la vez sugiere más. El observador de una fotografía en blanco y negro aporta más a la fotografía que quien mira una fotografía en color, pues este se ve más sometido a la realidad que aquel.

Por otra parte, mientras que el color debe ceñirse con cierta fidelidad a la representación de la realidad, la capacidad expresiva del blanco y negro no tiene limitación, pues la escala de grises es infinita.

¿Tú prefieres blanco y negro o color?

Sueños de trenes, Denis Johnson, Ed. Literatura Random House

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Quienes soléis leer mis comentarios aquí ya sabéis que no soy crítico literario, ni pretendo serlo. Me limito a compartir lo que me gusta, con la esperanza de que vosotros, en especial mis estudiantes, os animéis a leer lo que me ha hecho disfrutar a mí.

Y lo último que he leído me ha hecho disfrutar mucho. Es Sueños de trenes, una novela de Denis Johnson, autor al que yo no conocía, pero que goza de cierta fama. Según su editorial, ha recibido numerosos premios, siendo el más importante el National Book Award por su novela Árbol de Humo.

He leído también que esta novela es una epopeya, pero a mí esto me parece una exageración publicitaria. Este relato no es una epopeya, no al menos en el sentido que da a la palabra el diccionario, pues no tiene nada de épico, ni de grandioso, ni narra tampoco hechos maravillosos o sobrenaturales. Al contrario, la novela da cuenta de la vida de Robert Grainier, jornalero estadounidense que vive una vida que poco tiene de extraordinario a comienzos del siglo XX. Sin embargo, el autor extrae de lo anodino un relato tierno, precioso, salpicado de humor.

A mí, Robert Grainier me ha recordado las peripecias de algunos de nuestros personajes del Siglo de Oro. Es un hombre que sufre desgracias (una de ellas, especialmente dolorosa), que se sorprende ante los cambios que trae la tecnología a las primeras décadas del siglo XX y que, sobre todo, mantiene la dignidad en toda circunstancia a lo largo de su vida.

En cuanto al texto, cabe decir que la prosa es sobria y contenida, pero está llena de sugerencias y evocaciones. De nuevo, menos es más. No me extrañaría que se trasladara esta novela al cine, porque me ha parecido muy visual.

En fin, que os recomiendo que paséis un buen rato leyendo Sueños de trenes, de Denis Johnson.

Don Winslow, El poder del perro, Debolsillo, y James Ellroy, Perfidia, Random House

poder perroEl verano es tiempo propicio para los excesos, y he aprovechado para darme un atracón de lectura con dos thrillers maravillosos: El poder del perro y Perfidia. En total, mil quinientas páginas de entretenimiento.

El poder del perro es la segunda novela de Don Winslow que leo (ya comenté aquí La muerte y vida de Bobby Z). Se trata de una novela de acción que gira en torno a la mafia, el narcotráfico, la corrupción política y la lucha de la DEA norteamericana en Colombia, México y Honduras.

Me ha sorprendido la traducción, porque parece hecha por un mejicano, con tanto “pinche”, tanto “güero” y tanto “pendejo”. Sin embargo, el traductor es Eduardo G. Murillo, profesional de largo recorrido, que ya tradujo Bobby Z, y lo hizo muy bien. Imagino que la explicación se encuentra en que la editorial, Penguin Random House, ha hecho una traducción única para todo el mundo, según se deduce del aviso de copyright. El uso de términos del español usado en México en un texto en castellano no impide que se entienda perfectamente el relato, pero resulta algo extraño y tal vez hubiera preferido leer el libro en su inglés original.

La trama utiliza hechos y personajes reales, pero que nadie espere un enfoque especialmente riguroso del fenómeno del narcotráfico, de sus ramificaciones políticas o del papel de la guerrilla: no estamos ante una obra académica, sino ante una novela de ficción que cumple muy bien su misión de entretener. En el mismo sentido, cabe decir que los muchos personajes están dibujados con trazo grueso, sin demasiados matices: la prostituta generosa, el cura valiente, el policía heroico… Los buenos son muy buenos y los malos, malos de verdad. En cualquier caso, es una de esas novelas que invita a tener un rato libre para continuarla.

perfidiaLo mismo puede decirse de Perfidia, porque también exige una lectura sin pausa desde sus primeras páginas. Hasta ahora no había leído nada de James Ellroy, pero la convincente recomendación de mi prescriptor habitual, Jacobo Merino, lo ha remediado.

Perfidia es el primer volumen del Segundo Cuarteto de Los Ángeles, parte de una saga que se inició con novelas como La Dalia Negra o Los Angeles Confidential, clásicos del cine negro llevados al cine con gran éxito.

Perfidia me ha sorprendido por su estilo narrativo, que transita del realismo más descarnado al realismo mágico, con momentos puramente oníricos como los que protagoniza Dudley Smith en el fumadero de opio. Personaje, por cierto, que siendo brutal, resulta hipnótico. Como Hideo Ashida, Whisky Bill Parker o el resto de los numerosos personajes que aparecen en la novela, hasta un total de 97. El autor muestra su buen oficio al conseguir que el lector no se pierda entre tanto nombre. Por cierto, varios de ellos son auténticos personajes de la vida real, como Bette Davis, Serguéi Rachmaninov, “Bugsy” Siegel, Fiorello La Guardia o Gloria Swanson.

La electrizante trama discurre en el Los Ángeles de 1941, en los pocos días que siguen al ataque de Pearl Harbor y la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

En definitiva, dos novelas muy entretenidas y recomendables que no van a pasar de moda y que no debes dejar de leer.

 

Un buen profesor

Al profesor Antonio Remiro Brotóns, con motivo de su jubilación.

Estudio

Fotografía tomada con una Yashica LM (1956-61)

Querido profesor,

Tengo una vieja deuda con usted, y ha llegado la hora de saldarla. No lo he hecho antes por timidez, y sin embargo la voy a pagar ahora en público, porque vale la pena decir las cosas aunque sea con años de retraso.

No es posible que usted se acuerde de mí, porque ha pasado mucho tiempo, pero fui su alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid allá por 1983 o 1984.

Yo tuve en la carrera cuatro o cinco profesores extraordinarios, y otros cuatro o cinco extraordinariamente malos. El resto pasó por mi vida sin pena ni gloria, pues apenas guardo recuerdo ni de ellos ni de lo que me enseñaron. Pero de todos ellos, usted tuvo la mayor influencia. Conocerle a usted marcó mi vida profesional de una forma que entonces no podía imaginar.

A priori, el Derecho Internacional Público no despertaba en mí el menor interés. Compré su manual en la librería el primer día de clase, pero al hojearlo no vi nada que llamara mi atención. Sin embargo, sus clases me impactaron desde el primer día. Usted nos hablaba en un tono pausado, se esforzaba en que siguiéramos sus explicaciones, y no dejaba de mirarnos a los ojos. Estaba subido en una tarima pero conseguía ser un profesor cercano. Recuerdo haber reído a carcajadas el día que nos explicó la errática policial exterior de Albania. No volví a faltar a sus clases, en la esperanza de que nos volviese a hablar del caso albanés.

Yo era entonces un joven desnortado, un tanto asustado ante el futuro que me esperaba, pues todavía no había decidido qué camino tomar. Y le visité a usted para que me orientara. Era la primera vez que pedía cita a un profesor, y me pude aún más nervioso cuando me dijeron que era usted el Decano de la Facultad. Cuando entré en su despacho, tenía usted las luces apagadas, y la estancia estaba iluminada por la luz tenue que entraba por el ventanal. Usted musitó una disculpa, y explicó que la luz le molestaba en los ojos. Es curioso, pero yo sigo haciendo esto mismo con mis alumnos.

Porque no se lo he dicho aún, pero soy profesor universitario. Y se lo debo en parte a usted, porque en aquella entrevista usted me recomendó que siguiera mis inclinaciones, que hiciera lo que más me gustara en la vida. Yo tardé años en encontrar mi vocación: trabajé unos años en la empresa privada, en multinacionales, ejercí la abogacía y, unos diez años después de esta entrevista, di mi primera clase en la Complutense por la más insólita de las casualidades. Y decidí sin duda que mi destino estaba en la enseñanza.

Me he acordado de usted a menudo: he procurado ser ameno en clase y he intentado tratar a mis alumnos con cortesía y afabilidad, incluso a los que no me inspiraban simpatía. El buen humor ha hecho mis clases más placenteras, y el buen trato con los demás ha facilitado mi vida en la Universidad. Esto es lo que le debo.

Hace años que confío encontrarme con usted en algún acto académico, en algún foro, al fin y al cabo Madrid no es tan grande, pero no hubo ocasión. Hasta que hace poco me comentaron que usted se ha jubilado este año, y pensé que no iba a esperar más. No podía guardarme esto que le digo ahora: gracias por ser un buen profesor.

Guerra a los apuntes (y batalla perdida)

apuntesEl primer día de clase encuentro a mis alumnos sentados en sus pupitres, provistos de papel, bolígrafo, cuadernos, ordenadores, tabletas o cualquier otro material, dispuestos a a escribir atentamente cualquier cosa que yo les diga. Y una de las primeras que les digo es que en mi clase no se toman apuntes, que se relajen, que se dediquen a escuchar y a entender y que, si es necesario que escriban algo, se lo señalaré en el momento oportuno. ¿Y qué hacen ellos? Pues escriben de la manera más literal posible lo que acabo de decirles, desatendiendo la primera de las recomendaciones que les he hecho. Sigue leyendo

¿Para qué sirven mis estudios?

IMG_0028Soy profesor de Universidad, pero también colaboro en la medida de mis posibilidades en tareas de dirección académica: elaboración de planes de estudio, creación de nuevas titulaciones, tareas de coordinación académica… Así que puedo decir sin falsa modestia que tengo algo de experiencia en las demandas educativas de nuestros estudiantes universitarios y en cómo han de satisfacerse sus necesidades.

Y en las últimas semanas oigo esta pregunta: ¿Para qué sirven mis estudios? La oigo, en especial, de mis alumnos del Grado en Criminología. A menudo, quienes formulan esta pregunta están en realidad expresando una queja: “estos estudios no sirven para nada”. En ocasiones, son los propios profesores quienes les dicen “cambiad de carrera, estos estudios no sirven para nada”.

Todos tienen razón, y todos están equivocados. Sigue leyendo

El valor de la inteligencia emocional en la educación superior

IMG_1692Acabo de recibir un correo electrónico de una alumna dando las gracias por el curso. Su carta es tan afectuosa que aún no he sabido qué contestar. Esto pasa de vez en cuando; un par de veces al año, alumnos que ya han superado la asignatura sienten la necesidad de decirme que han aprendido mucho, que se han divertido en mis clases, que siga con la misma metodología que les hace más digerible una asignatura tan árida. Y a mí me parece fenomenal. En primer lugar, porque halaga mi vanidad (aunque no tenga mucha). Y además, porque es un regalo; una vez aprobados, no tendrían por qué hacerlo.

Esto me hace reflexionar sobre mi relación con los alumnos. En 20 años que llevo en la universidad he tenido no menos de 5.000 alumnos. Salvo a una treintena, al resto no les he vuelto a ver. Sin embargo, he intentado ser afectuoso con todos ellos. Afectuoso en el sentido de amable. He procurado ser siempre educado y respetuoso con ellos, aunque no estuviera de humor. Les he llamado de usted en clase, les he dedicado tiempo en tutorías, muchas veces para escuchar sus problemas personales, y cuando he podido les he hecho un favor. Como además no suspendo mucho, es posible que me haya ganado fama de ser un profesor “fácil”, cosa que me trae sin cuidado, porque creo firmemente que actuar de esta manera les ayuda a entender mejor mi asignatura que, como he dicho, puede parecer árida en una primera aproximación. Ni siquiera los abogados quieren demasiado trato con el Derecho Administrativo, pues los generalistas se sienten más cómodos con otras ramas del Derecho y suelen derivar los asuntos administrativos a los especialistas.

Todo esto viene a cuento de la importancia de la inteligencia emocional en el proceso educativo, tanto desde el lado del docente como del alumno. Como dice una compañera mía el primer día de clase, “no estamos aquí para ser amigos”, pero sí para llevarnos bien. Explico a mis alumnos el primer día que somos colaboradores, no enemigos. Les pido que se comuniquen conmigo con normalidad. Que se comuniquen. Que no sean pasivos, que participen en clase, que pregunten lo que no entienden. Si hay un muro entre profesor y alumnos, aquél se convierte en un enemigo, y la asignatura en tierra hostil que va a ser imposible conquistar.

La amabilidad genera amabilidad. El ambiente en mis clases suele ser positivo y relajado, salvo excepciones. La inteligencia emocional consiste en entender que el proceso educativo se potencia con un adecuado entendimiento de las emociones. La asertividad y la empatía son técnicas fundamentales. Y las llamo técnicas porque se pueden desarrollar; son competencias que se aprenden y se mejoran con la práctica. Yo no me comporto así con mis alumnos porque sea mi carácter; yo actúo así porque a lo largo de los años he ensayado esta forma de actuar, porque me he dado cuenta de que es mejor así. La asertividad es útil porque permite decir lo que uno quiere superando las inseguridades personales. De esta manera, puedes amonestar a un alumno en clase cuando es necesario, pero sin la menor agresividad. La empatía es también valiosa, porque ponerse en el lugar del alumno ayuda a entender y anticipar sus reacciones, por negativas que sean. Yo no olvido mi experiencia como alumno universitario y la aprovecho a menudo con mis estudiantes.

Y sobre todo, actuar en el aula con un espíritu relajado hace mi vida mucho más agradable.

Ahora dejo de escribir aquí, que tengo que dar las gracias a alguien.